San Dragón

Date: 
Lunes, Abril 16, 2018 (All day)

SAN DRAGÓN, patrón de los pastores, nació de padres nobles en Flandes. Pero su padre murió antes de que naciera Dragón y su madre murió en el parto. A los diez anos de edad, Dragón supo que se había sacrificado la vida de su madre para salvar la suya e imaginó que él la había asesinado. Su pena fue tan grande que, según dice su biógrafo, "lloraba amargamente, acusándose de todos los crímenes." Felizmente esos remordimientos morbosos no le impidieron ponerse, con toda confianza, en las manos de Dios, aunque no dejó de expiar sus pecados con la penitencia, la oración y distribuyendo entre los pobres cuanto dinero caía en sus manos. Hacia los dieciocho años de edad, se dedicó a peregrinar en hábito de penitente; así visitó los santuarios de varios países. Dejando aparte las ventajas espirituales de las peregrinaciones, debieron hacer mucho bien a aquel joven, tan dado a la introspección, el cambio de aire, el ejercicio y el interés que despertaban en él las gentes que encontraba en el camino y el ejemplo de los santos cuyos santuarios visitaba. Al cabo de algún tiempo, Dragón se estableció en Sebourg, cerca de Valenciennes, donde empezó a trabajar como pastor al servicio de una buena señora llamada Isabel de la Haire. No obstante su humilde situación, su ama y los habitantes de la región, empezaron a estimarle muy pronto; le consideraban como santo y afirmaban que se bilocaba para asistir a la misa, sin dejar de cuidar el ganado. De ahí se originó más tarde el dicho de la región: "Como no soy San Dragón, no puedo estar en dos sitios a la vez.".

Seis años más tarde, el varón de Dios recomenzó sus peregrinaciones, pero iba de cuando en cuando a visitar a su antigua ama. Había visitado ya nueve veces la ciudad de Roma, cuando una repugnante hernia, que no podía ocultar, vino a interrumpir su carrera de peregrino. Se hallaba entonces en Sebourg. Al punto se retiró a la celda de una iglesia, donde podía seguir la misa por una ventanita, sin molestar a los demás fieles. Jamás volvió a salir de ahí, ni siquiera cuando se declaró un incendio en la iglesia. Vivió todavía cuarenta años, a pan y agua, sufriendo lo indecible, pero con gran resignación. Las gentes del lugar le veneraron como santo desde el momento de su muerte. Su tumba sigue siendo todavía un sitio de peregrinación.

Alban Butler - Vida de los Santos