Corazón agradecido

de Enrique Díaz Díaz
Obispo Coadjutor de San Cristóbal de las Casas

11 Noviembre

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San Martín de Tours

Sabiduría 6,1-11:“Escuchen, reyes, para que obtengan sabiduría”, Salmo 81:“Ven, Señor, y haz justicia”, San Lucas 17,11-19:“¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?

San Lucas este día nos permite acercarnos y participar en el camino de Jesús. Diez leprosos le suplican: “¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!”. El leproso, en tiempos de Jesús, vivía separado de la comunidad, relegado tanto por su enfermedad como por su impureza. Su alimentación estaba supeditada a la generosidad de una sociedad que aunque los detestaba, les “arrojaba” un poco de comida para evitar tenerlos entre ellos. A estos leprosos, Jesús se les acerca, los escucha y les da la indicación: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”.

Es la señal de reintegración a la sociedad, es al abrazo a quienes estaban separados, es el acercamiento a los que se consideraban impuros. Por el camino, se realiza el milagro y solamente un samaritano regresa a darle las gracias. El reproche de Jesús no se hace esperar: “¿No eran diez los que quedaron limpios?”. La gratitud es un don de personas de buen corazón. Hay quien recibe y recibe, y nunca agradece. Igual nos pasa con Dios, recibimos y recibimos, y nunca agradecemos.

Tan acostumbrados estamos que nos sentimos con derechos a que todo nos lo den y lo exigimos. Eso sí, cuando nos falta, reclamamos. Dice uno de los himnos de la liturgia de las horas que “a fuerza de ingratitudes, la tierra se vuelve estéril”, recordándonos que debemos tener un corazón agradecido. Es tan sencillo dar un “gracias” de corazón a todas las personas que están a nuestro alrededor: a la mamá, al papá, a quien nos sede un lugar, a quien nos atiende… no cuesta nada y se gana el corazón. Es también una gran virtud vivir agradecido con la vida, con Dios. Nos ha dado tanto, pero a veces estamos más atentos a lo que nos falta que a lo que tenemos.

Cristo hoy nos invita a que tengamos ese corazón agradecido. Los leprosos tendrían mucha prisa por ir a encontrarse con los parientes, por alegrarse con la salud recobrada, pero se olvidan de quien les ha restituido la vida y la salud. Que hoy de nuestro corazón brote un profundo: “¡Gracias, Señor!”