XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B

“Verán venir al Hijo del hombre”

Tema general: Los dos últimos domingos del año litúrgico se orientan hacia el futuro y hacia el final de la humanidad. Al final de la historia volverá el Señor glorioso. En la fe y en la celebración del misterio cristiano el presente, el pasado y el futuro se entrelazan armónicamente. El presente se cimienta en un pasado que le da consistencia y que a la vez la impele a abrirse a un futuro glorioso que le proporciona la dinamicidad necesaria para recorrer el camino.

También los dos primeros del año litúrgico insisten en la misma idea y preocupación: dirigir la mirada de todos hacia la consumación, hacia el final glorioso que espera a la humanidad apoyada en el acontecimiento de la Muerte y Resurrección-Exaltación de Jesús que abre los caminos de la vida, de la comunión con Dios y de la felicidad de los hombres. Es necesario insistir en este mensaje central: que la Iglesia cree en la comunión de los santos, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna, destino final de toda la humanidad.

Primera lectura: (Daniel 12,1-3)

Marco: El contexto del fragmento que hoy proclamamos se encuadra en un amplio tema que podría titularse: tiempos de angustia y promesa de resurrección. Los autores de la apocalíptica tienen predilección por el contraste entre el presente humilde y decepcionante y la esperanza en un futuro glorioso y brillante.

Reflexiones:

¡Dificultades del camino que conduce a la salvación final!

Serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo. El libro de Daniel pertenece a la literatura así llama apocalíptica. Esta literatura surge hacia el s. III a. C. Se caracteriza por un talante y un estilo de interpretar la historia del pueblo de Dios y de la humanidad. En cierto modo sucede a los profetas que interpretaban la historia a la luz de la alianza de Dios con su pueblo anunciando, a modo todavía de atisbos, el futuro preparado por Dios. Los apocalípticos centran en esta última característica su propia actuación. El futuro glorioso sucederá a los sufrimientos de los hombres durante el peregrinar en la historia. Pero esta literatura es además consoladora en medio de las persecuciones y sufrimientos. Abre un camino de esperanza segura porque la historia la dirige Dios. Pero el futuro tendrá lugar después de la destrucción del mundo presente y de la ejecución de un juicio severo por parte de Dios. Por eso la Iglesia proclama estos testimonios cuando llega al final el año litúrgico. Sabemos que el año litúrgico actualiza y realiza el misterio global de salvación. Es necesario dirigir la mirada al futuro, movidos por la esperanza, mientras vivimos la experiencia del presente con fortaleza, la constancia, la longanimidad y la paciencia. Es importante realizar el camino que conduce al final glorioso. En medio de nuestro mundo, tan ajeno a las esperanzas apocalípticas, los creyentes tienen la misión de ser testigos de esperanza mientras comparten con sus hermanos los hombres sus sufrimientos y sus proyectos. La interpretación de la apocalíptica conlleva las dos versiones: esperanza para el futuro y testimonio consolador para el presente. Tarea nada fácil para el creyente acosado por tantas dificultades que le rodean.

Segunda lectura: (Hebreos 10,11-14.18)

Marco: Este pasaje subraya la misión de Jesús como nuevo Sacerdote que aporta a los hombres la nueva y definitiva alianza. En este pasaje se alude al salmo 110 para manifestar que Cristo está definitivamente junto al Padre y ya no repetirá su sacrificio. Invita a la humanidad a fijar los ojos en la meta a que él llego y que será la meta de todos los hombres. En la celebración de la Cena del Señor, la Iglesia actualiza simultáneamente el pasado, el presente y el futuro glorioso.

Reflexiones:

¡Sentado a la derecha del Padre espera y acompaña a la Iglesia!

Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. El autor de la Carta piensa, sin duda alguna, en dos realidades entrelazadas: el sacrificio liberador de la Cruz y la coronación de Jesús como Señor a la derecha de su Padre. Ambos acontecimientos son la roca viva sobre la que se asienta la esperanza de los hombres. Con su muerte liberadora en la cruz, Jesús rehace el camino equivocado de los hombres. En ella nos libera de la ley, del pecado y de la muerte y abre el camino que conduce a la libertad de los hijos de Dios, a la comunión amistosa y confiada con Él y a la vida como una realidad permanente y real para los hombres. Tres anhelos escondidos en la hondura profunda del corazón humano. Y lo hizo de una vez para siempre. Ahora la Iglesia actualiza todo esto cuando celebra la Cena del Señor. Y este fue el camino para entrar en su gloria: ¿No era necesario que el Mesías padeciese todo esto par entrar en su gloria? (Lc 24,26) Y se ha convertido en el que corre delante para abrir el camino para los hombres, que precede, que va delante como Buen Pastor. Él ha llegado ya a la meta final, a la Exaltación gloriosa y allí espera a la humanidad. Es posible la verdadera esperanza, porque el Libertador y Salvador se ha ido a preparar un lugar y, como él nos prometió, cuando haya preparado el lugar volverá y llevará a los hombres para que contemplen la gloria que ha recibido de su Padre antes de la creación del mundo. Y para el camino de la historia es el único Mediador entre Dios y los hombres, compasivo, solícito y misericordioso. Es necesario que los creyentes en Jesús vivamos y anunciemos estas importantes realidades y esta importante respuesta para los anhelos de los hombres de nuestro tiempo. Tenemos mucho que decir a nuestros hermanos los hombres y esperan que se lo digamos con el testimonio y con la palabra. Y para estas tareas todos los creyentes estamos capacitados. Nadie queda excluido de esta noble e imprescindible tarea. Cada uno con la gracia recibida, pero toda la Iglesia.

Evangelio: (Marcos 13,24-32)

Marco: Un fragmento del discurso escatológico.

Reflexiones:

1ª) ¡A la Parusía del Hijo del hombre le precede una gran tribulación!

Después de una gran tribulación, el sol se hará tinieblas... Es necesario leer e interpretar estas las imágenes típicas del pensamiento apocalíptico. La localización de todos estos recursos literarios no debe ser nuestra preocupación principal sino más su significación. Estamos ante un género literario muy característico y bien conocido. Jesús, asumiendo la esperanza apocalíptica e inyectándole su original interpretación, advierte a la Iglesia que está destinada a un futuro glorioso y seguro. La novedad de Jesús es que ofrece a los hombres la roca viva en que apoyar esta esperanza: su Muerte y Resurrección-Exaltación que ya son obras que desbordan la historia y abren el camino verdadero de la historia de los hombres. Las imágenes utilizadas significan que para posibilitar la aparición definitiva de la nueva creación es necesario que desaparezca la vieja creación. El sentido correcto de estas palabras apocalípticas sobre la creación lo encontramos en la Carta a los Romanos: Porque la creación misma espera anhelante que se manifieste lo que serán los hijos de Dios. Condenada al fracaso, no por propia voluntad, sino por aquel que así lo dispuso, la creación vive en la esperanza de ser ella también liberada de la servidumbre de la corrupción y participar así en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos, en efecto, que la creación entera está gimiendo con dolores de parto hasta el presente (Rm 8,19-22). Estas palabras cortan radicalmente todo intento de entender las palabras de Jesús desde el fatalismo maniqueo ante la creación. La creación salió de las manos de su Creador buena, es buena y será buena. Quien debe corregir el modo de contemplarla y utilizarla es el hombre sujeto al pecado que produjo una ruptura con Dios, consigo mismo y con la creación. La esperanza final se apoya en la restauración profunda del hombre para participar en la nueva y definitiva creación en la gloria. Pero esta dinámica desaparición-aparición se realiza en otro mundo que desborda el actual y visible. La salvación definitiva consistirá en la trasformación del hombre para que encuentre su primer destino delineado por Dios cuando lo creó: comunión, vida, libertad, felicidad. La predicación de la Iglesia no debe insistir en la destrucción sino en la transformación y en la oferta de nueva creación, si quiere que su mensaje sea creíble y aceptado por los hombres de nuestro tiempo. Ciertamente no han faltado ni faltan personas atraídas por una visión maniquea de la creación. La Iglesia, en la Gaudium et Spes, ha propuesto otras claves de interpretación y de visión del mundo más optimistas y esperanzadoras.

2ª) ¡El Hijo del hombre aparecerá glorioso!

Verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos. El evangelista Marcos asume el lenguaje de Daniel y de la literatura apocalíptica para describir la venida del Hijo del hombre. El humillado Hijo del hombre- Siervo de Yahvé volverá glorioso y rodeado de esplendor y de majestad. Estas palabras de Jesús están dirigidas a sus contemporáneos y a los miembros de la Iglesia del propio tiempo del evangelista. Los acontecimientos externos (destrucción de Jerusalén) y los acontecimientos internos en la comunidad cristiana (aparición de predicadores que insistían en la próxima desaparición del mundo y la vuelta de Señor) obligaron al evangelista a recoger este mensaje de Jesús en su evangelio. La Vuelta del Hijo del hombre culminará la historia manifestando a los hombres su destino glorioso; y también será el momento de la reunión de todos los creyentes y de todos los hombres ante él que aparece como juez universal. Eso significa la imagen de las nubes del cielo. En la tradición bíblica, las nubes representan el escabel del trono de Dios y sugieren, como imagen, la actividad judicial de Dios soberano. Esta actividad la ejercerá también el Hijo del hombre.

Fr. Gerardo Sánchez Mielgo
Convento de Santo Domingo. Torrent (Valencia)