XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C

Viendo que estaba curado, se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.

Primera lectura: (2 Reyes 5,14-17)

Marco: Pertenece al ciclo de Eliseo (2Re 2,1-13,1). En los capítulos 4,1-6,7 se narran algunos milagros realizados por Eliseo, v.g. la curación de un oficial del rey sirio (pagano), Naamán aquejado de la lepra, Es un milagro con fuerte significación teológica, que es la lectura de hoy.

Reflexiones

1ª) ¡Se bañó siete veces y su carne quedó limpia!

Su carne quedó limpia de lepra, como la de un niño. La enfermedad de la lepra es bien conocida en las Escrituras. Conllevaba la exclusión del trato con el resto de los miembros de la comunidad. En la antigüedad, la lepra se consideraba un mal irreversible y sin curación. Naamán es un pagano, excluido de la comunión con Israel. El valor simbólico de este hecho es significativo y anunciador del futuro. La historia de Moisés y de Elías nos mostró que los signos eran realizados, a través de ellos, para autentificar su misión profética y su envío al pueblo por parte de Dios. Los signos son siempre realidades que apuntan a otro plano superior y más importante que la simple curación física. El Dios poderoso se hacía presente a través de esos signos para que el pueblo obedeciera a sus enviados y profetas y escucharan su palabra. Este milagro de la curación de Naamán, el sirio, es evocado en la narración joánica de la curación del ciego de nacimiento por Jesús (Jn 9). En el relato se repite por siete veces que el ciego se lavó en la piscina de Siloé y recuperó la vista o quedó curado. Y después de la séptima vez se dice que quedó “totalmente curado”. La significación simbólica de ambas curaciones se esclarece mutuamente en los dos relatos. La limpieza alcanza a otro plano de mayor importancia y trascendencia, es decir, al plano íntimo y espiritual del hombre.

Segunda lectura: (2Timoteo 2,8-13)

Marco: El autor narra el sentido de los sufrimientos del apóstol cristiano. Insiste en que los tiempos en que escribe son recios y envueltos en especiales dificultades para mantener la fe en su pureza y autenticidad. Los ministros del Evangelio deben permanecer vigilantes y fieles.

Reflexiones

1ª) ¡La Palabra de Dios no puede estar encadenada!

Haz memoria de Jesucristo el Señor, resucitado de entre los muertos... La palabra del Evangelio sigue libre y creando libertad y puede y debe ser proclamada por doquier y sin miedo alguno porque el Espíritu apoya y da garantías a sus proclamadores. El autor conoce, por las cartas auténticas de Pablo, el credo más primitivo o uno de los credos más breves y primitivos (Rm 1,1ss). La proclamación a los gentiles de este contenido cristológico central, junto con la justificación gratuita por la fe, fueron los polos alrededor de los cuales giró la amplia obra apostólica y eclesial de Pablo. Pablo subraya siempre esta peculiaridad de su Evangelio; por eso lo califica como su Evangelio que le distinguía, en la comunión, de los otros apóstoles. El autor de la carta que, ya lo hemos recordado, pertenece a la escuela paulina, recoge el testamento del maestro y lo transmite y quiere que sea siempre punto de referencia para recuperar la autenticidad de la fe. El autor supone que Pablo está en la cárcel, por eso afirma que la palabra de Dios no está encadenada. Siempre desborda todas las ataduras externas o internas. Se trata de una palabra que ofrece la libertad, como afirmó Jesús. Hoy también es necesario estar alerta para no reducir la palabra evangélica, sino interpretar, ofrecer al lector u oyente moderno de modo inteligible y asimilable, pero sin adulterar su esencia y su fuerza.

Evangelio: (Lucas 17,11-19)

Marco: Proseguimos el itinerario que nos conduce a Jerusalén, proseguimos en la escuela del discipulado. Jesús bordea la Samaria que, según Lucas, será campo de misión de los apóstoles enviados por el Resucitado. Samaria* es una región en la que habitan heterodoxos respecto a la fea judía. De ahí la relevancia de la presencia de un samaritano en este relato.

Reflexiones

1ª) ¡Mientras iban de camino quedaron limpios!

Vinieron a su encuentro diez leprosos... La primera lectura nos ha recordado el milagro de Eliseo curando al leproso Naamán el sirio (figura y anticipación); el evangelista Lucas, nos recuerda la curación de diez leprosos por Jesús (realidad y cumplimiento). El relato tiene una función singular en este contexto: la apertura del Evangelio que se realizará más tarde y que se propagará en esta región por obra de los apóstoles, ha sido anticipada en el plano del signo en la curación del samaritano y su reacción. Todos ellos, necesitados, recurren a la compasión de Jesús. La lepra era un mal que les separaba de la convivencia de los demás y les aislaba de la vida social. Esperan de la compasión de Jesús un remedio para su delicada situación. Lucas suele subrayar la misericordia y la compasión de Jesús practicada sin fronteras ni limitaciones raciales o religiosas. Jesús escucha y ordena lo que se encuentra en la Ley de Dios. Es conveniente observar este detalle: la obligación, según la Ley, de presentarse a los sacerdotes después de conseguida la curación, era para expedirles un justificante oficial de la misma y su consiguiente admisión en la comunidad social y religiosa. Jesús ordena que vayan, y ellos se ponen en camino fiados en su palabra, y mientras se dirigen a los sacerdotes se produce la curación por la fuerza de la palabra de Jesús acogida con fe. Los signos son frutos de la fe y conducen a la fe que es lo importante. Naamán se decide a obedecer al profeta y consigue la curación. Los leprosos obedecen la orden de Jesús y la consiguen también.

2ª) Sólo un extranjero se acuerda de agradecer el beneficio y dar gloria a Dios!

¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?... Tu fe te ha salvado. El samaritano* prorrumpe en una clamorosa alabanza a Dios (según la costumbre entre los orientales) por lo inesperado de su curación. Él sabe muy bien que, por ser samaritano, no tiene derecho de sangre a recibir de Jesús, un judío, tal favor. Y precisamente porque no le ampara ningún privilegio su sorpresa es mayor y su gratitud más explosiva. Los otros eran judíos y se creían con derecho a recibir el don. Es verdad que todos suplican a coro: Jesús, ten compasión de nosotros. Pero en el fondo ellos tienen más derechos a ser atendidos y escuchados. Y, porque se sienten con derecho, no vuelven a agradecer el don. Sólo al experimentar la gratuidad prorrumpe el corazón humano en la gratitud y, para expresarla, se la realiza clamorosamente. La pregunta de Jesús ¿no eran diez? ¿No han sido curados todos? No revela ignorancia, sino una amarga y poco disimulada ironía. Pero es más todavía: son unas preguntas denunciantes. Es una expresión más de lo que solía encontrarse en su pueblo: el rechazo, el desdén. Sólo el extranjero y despreciado samaritano vuelve, reconoce al autor de su curación y agradece.

Este relato recuerda otro muy semejante: la parábola del buen samaritano. Jesús recurre a estos casos contrastantes para transmitir su talante abierto y compasivo y su Evangelio sin fronteras. En ambos casos los presenta como modelos: el uno de atención amorosa al prójimo y el otro de expresión de fe sincera y agradecida. Por eso Jesús le intima: levántate, camina y ten confianza, porque tu fe te ha salvado. Jesús denuncia los privilegios de Israel para ofrecer una salvación que alcanza a todos los hombres y a todas las clases sociales y religiosas. Dios ama sin fronteras y él ofrece una salvación sin fronteras. Hoy como ayer es necesario que los discípulos de Jesús entiendan y sientan que la salvación de Jesús humaniza y rompe fronteras. El hombre actual necesita recibir ese mensaje transmitido por testigos convincentes y convencidos de esta verdad consoladora.

Fr. Gerardo Sánchez Mielgo
Convento de Santo Domingo. Torrent (Valencia)