San Juan el Enano

Date: 
Sábado, Octubre 17, 2020

SAN JUAN, apodado "Kolobos", es decir, "el Pequeño" o "el Enano", fue uno de los santos más famosos del desierto de Egipto. Se retiró cuando era muy joven al desierto de Esqueta, donde se dedicó con todas sus fuerzas a adquirir el espíritu de Cristo. El viejo ermitaño a quien tomó por director, le mandó como primera lección, que plantase un cayado y lo regase diariamente hasta que floreciera. Así lo hizo Juan con gran sencillez de corazón, no obstante que el río de donde acarreaba el agua estaba a una distancia considerable. Se dice que durante tres años regó diariamente el palo y guardó silencio; finalmente el palo floreció y dio fruto. Entonces, el anciano ermitaño recogió el fruto y lo repartió en la iglesia a sus hermanos, diciendo: "Tomad y comed el fruto de la obediencia." Postumiano, quien fue a Egipto en el año 402, aseguró a Sulpicio Severo que le había mostrado en los terrenos del monasterio un árbol floreciente, que era el bastón de San Juan.

San Juan opinaba que la perfección de un monje consiste en salir lo menos posible de su celda, en vigilar continuamente sus acciones y en no perder nunca de vista a Dios. Jamás hablaba de los acontecimientos del mundo ni comentaba las noticias, como suelen hacerlo los hombres superficiales. Vivía tan concentrado en las cosas divinas, que parecía olvidado de las cosas terrenales. Con frecuencia empleaba en tejer un cesto el material destinado para dos y no era raro que olvidase lo que estaba haciendo. En cierta ocasión, un camellero pasó por la celda del santo para recoger sus herramientas, pero San Juan olvidó por tres veces que debía entregarlas. Lo mismo le sucedió en olra ocasión, cuando un monje llamó a la puerta para recoger las cestas que había tejido y dejo al infeliz esperando mientras él se sentaba nuevamente a trabajar; finalmente, el monje tuvo que entrar a recoger él mismo las cestas. En nuestro artículo del 19 de julio sobre San Arsenio, narramos cómo probó San Juan la virtud de su discípulo. La humildad de San Juan era tanto más notable cuanto que era de temperamento vivaz y tendía a poseer una buena opinión de sí mismo; pero conocía perfectamente sus tendencias y se propuso esquivar el trato con los hombres y las vanas discusiones. Su sabiduría llegó a ser famosa. Se cuenta que en cierta ocasión, un monje que deseaba hablar un momento con él, se quedó toda la noche oyéndole discurrir sobre las cosas espirituales. Cuando vieron salir el sol, el monje se dispuso a partir, pero no pudo arrancarse de ahí sino hasta el mediodía. San Juan le convidó a comer, y el monje se fue al terminar la comida.

Una joven muy caritativa, llamada Paesia, cayó poco a poco en una vida desordenada. Los monjes pidieron entonces a San Juan que fuese a reprenderla. El santo acudió inmediatamente, se sentó junto a ella y le dijo con su amabilidad acostumbrada: "¿Qué os ha hecho Jesús para que le abandonéis?" La joven no respondió, y el santo se echó a llorar. "¿Por qué lloráis?", le preguntó Paesia. San Juan replicó: "¿Cómo no llorar viendo que el demonio se ha apoderado de vuestro corazón?". La joven se conmovió ante la bondad y el interés del santo por ella y le preguntó: "Padre mío, ¿creéis que el camino de la penitencia sea accesible para mí?" "Sí", contestó San Juan. "Entonces mostrádmelo", replicó Paesia. El santo se levantó sin decir una palabra y la joven le siguió. Esa noche, tuvieron que dormir en el desierto sobre la arena helada. San Juan soñó que veía el alma de Paesia subir al cielo y que una voz le decía que la joven era tan perfecta a los ojos de Dios como él era pequeño a los ojos de los hombres. Cuando se despertó por la mañana, encontró a Paesia muerta.

Cuando los berberiscos atacaron Esqueta, San Juan cruzó el Nilo y se retiró al sitio en que San Antonio había vivido, cerca del Mar Rojo. Ahí murió. Poco antes, sus discípulos le pidieron que les diese la última lección sobre la perfección. El santo respondió humildemente, como si no quisiera citar su propia experiencia: "Nunca he hecho mi voluntad y nunca he enseñado nada que antes no hubiese yo practicado."

Alban Butler - Vida de los Santos