Dios busca a la oveja perdida aunque ella se aleje

de Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

Audio aquí. 22 marzo
Miqueas 7,14-15.18-20: “Arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos”
Salmo 102: “El Señor es compasivo y misericordioso”
San Lucas 15,1-3.11b-32: “Tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida”

Hay parábolas que han quedado de un modo especial en el corazón de los creyentes y la parábola del hijo pródigo es una de ellas. Aunque quizás el mejor nombre que le podemos dar es “la parábola del padre misericordioso”, o algún otro nombre que refleje mejor que quien es el actor principal, quien debe llevar toda nuestra atención, quien hace de “héroe”, es el padre y queda muy por abajo la actuación de los dos hijos.

Y es que en esta narración Cristo nos presenta una imagen de Dios que rompe con todos los moldes donde hemos puesto a Dios. No es el dios que castiga y premia, no es el dios que está ajeno, no es el dios que nos trata como a títeres y que sólo hace su voluntad.

Es el Dios, padre amoroso, que respeta la libertad de sus hijos aún cuando la usen para alejarse de Él; es el Dios pastor bueno, que busca a la oveja perdida aunque aquella se aleje más y más de su presencia; es el Dios que espera con los brazos abiertos y hace fiestas y banquetes cuando regresa el pecador, aunque sea un criminal, aunque haya malgastado su fortuna, porque quien regresa es su hijo.

Difícil entender para el hermano “bueno”, que se rige por normas y conceptos utilitarios; difícil de entender para los escribas y fariseos que se creían perfectos y no necesitaban amor. ¿Seremos capaces de entender este amor nosotros? ¿Seremos capaces de dejar las bellotas que hartan nuestros vientres para regresar al banquete de amor que nos ofrece nuestro Padre?

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