Homilía del Domingo de Pascua

María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Era, dice el evangelista Mateo, el amanecer, después del sábado. Era el domingo, primer día de la semana. Ellas iban como todo aquel que ha perdido recientemente a un familiar, a un ser querido, iban para estar en el sepulcro, y consolarse, recordar, hacer memoria. No tenían ni la más remota idea de lo que iba a suceder. Iban dispuestas simplemente a pasar allí un tiempo, para poder recordar todo el bien que Jesús había hecho en ellas. Era una forma de gratitud. Sin embargo, esa búsqueda Dios la tenía prevista para que fuera una intensa y emotiva escena de encuentro jamás pensada. Nunca imaginado… llegan al sepulcro, sucede un terremoto, aparece un ángel que brillaba dice el texto, por su blancura, y ese rostro como relámpago y vestiduras blancas como la nieve… se dirigió a ellas diciéndole: ¡No teman! Y sé que buscan a Jesús, el crucificado. Hasta ahí, no había ninguna sorpresa. Sin embargo, el ángel les dice: no está aquí. El crucificado ya no se encuentra aquí sepultado, ha resucitado como lo había dicho.

Imaginemos la reacción inmediata a estas palabras, pensemos un instante. Ha resucitado. Y todavía les dice más el ángel: vengan a ver el lugar donde lo habían puesto. Den testimonio de que no está aquí. El sepulcro es el mismo. La piedra con la que lo taparon es la misma. Pero Él, Él no está aquí, ha resucitado. Ahora, vayan de prisa a decir a sus discípulos ha resucitado de entre los muertos e irá delante de ustedes a Galilea, allá lo verán. Eso es todo.

Las mujeres, nos dice el texto, se alejaron a toda prisa del sepulcro. Es curioso observar que ellas iban al sepulcro y ahora de repente, a toda prisa dejan el sepulcro. Ya no tiene ninguna razón de ser ir al sepulcro. El motivo que las había hecho llegar ahí, ha desaparecido. Ellas iban a llorar a quien había muerto. Y ahora, tienen que ir a anunciar a quien está vivo. Van de toda prisa, dice el texto, llenas de temor porque no podían explicarse lo que había pasado, que había sucedido con Jesús, pero, con gran alegría había surgido la esperanza de que aquel que les había hecho tanto bien, que los había amado; y como dice el apóstol Pedro en la primera lectura, que era un hombre que se pasó haciendo el bien porque Dios estaba con Él. Ese hombre ha resucitado. Corrieron a dar la noticia a los discípulos. Están cumpliendo la encomienda que les dio el ángel, dejaron el sepulcro y se van donde los discípulos. Y qué sucede… Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se le acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron. Entonces, Jesús les dijo, no tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán. La misma orden del ángel la confirma Jesús. Es curioso, ellas iban a dar el anuncio y se encuentran con Jesús y además siguen siendo ellas las que tienen la encomienda de dar la noticia. No es Jesús el que dice: “ya no vayan, yo iré a ver a los discípulos”. ¡No! Les dice: vayan ustedes y díganles que nos vemos en Galilea. Allá me verán.

Este hermoso texto de Mateo tiene varias claves de interpretación para poder actualizarlo a nosotros. Fijémonos primero, que a lo largo del texto, siempre está detrás, buscar a Jesús. Buscaban el sepulcro porque sabían que ahí estaba Jesús. La búsqueda de Jesús. Preguntémonos cada uno de nosotros… ¿Buscamos a Jesús? Porque si buscamos a Jesús podremos hacer nuestra esta escena y encuentro con Él.

Recibimos como las mujeres el anuncio. Ha resucitado, está vivo. Nosotros no creemos en un muerto. Creemos en un muerto que ha resucitado, que ha vuelto a la vida, una vida distinta, un cuerpo glorioso. Una manera distinta de ser, pero está con vida. Jesús también nos mandará como a las mujeres; si lo buscamos a Él, un ángel (significa mensajero); un mensajero, no necesariamente tiene que ser un ser celestial. Puede ser cualquiera de nosotros que trae la buena noticia y que nos la comunica. Y si creemos en ella, en esa buena noticia, entonces nos dará una encomienda, y si hacemos esa encomienda como las mujeres, entonces, también podremos tener ese privilegio de descubrir a Jesús en medio de nosotros. Se nos abrirán los ojos para verlo en nuestra propia existencia. En nuestras propias circunstancias. Son los ojos de la fe que nos permitirán ver cómo Jesús esta cerca, nos acompaña, se hace presente, nos orienta, consuela, fortalece nuestro espíritu, y nos da esa capacidad e descubrir a los demás como hermanos. Porque esto es lo que les dijo Jesús a las mujeres: vayan a decir a mis hermanos. No les dijo a mis discípulos, sino a mis hermanos. Descubrir al otro como mi hermano. Solamente se hace cuando Jesús está en mi corazón. Sólo con Él descubrimos que mi prójimo es mi hermano. Vayan a decirle a mis hermanos que vayan a Galilea… ¿Cuál es la Galilea de cada uno de nosotros? ¿Qué significado tiene que Jesús les pida a las mujeres que convoque a los discípulos en Galilea? En Galilea era el lugar de la vida de Jesús. En Galilea estaba Nazaret. En Galilea paso su infancia. En Galilea creció y en Galilea comenzó su ministerio. Galilea es nuestra casa, es nuestra familia, nuestro barrio, Galilea es nuestro contexto social. Vayan a Galilea, allá me verán.

Cada vez que venimos a la Eucaristía vemos a Jesús, lo recibimos en la comunión. Pero nos dice, vayan a Galilea, allá me verán. Es decir, desde el contexto de mi propia vida… allí tengo que anunciar a Jesucristo. Tengo que transmitir mi fe. Ahí tengo que comenzar. En mi familia, en mi casa, entre los míos, en mi pueblo, en mi barrio, en mi ciudad. Esa es Galilea. Ahí está Jesús. Por eso, ese constante ir y venir, para escuchar a Jesús en la Eucaristía, recibirlo y volver a mi casa. Y estoy en mi casa y vengo al templo. Y vengo al templo y regreso a mi casa. Es el camino que nos conduce a Jesús, y nos pone en comunión con Él. Pero con la advertencia del apóstol en la segunda lectura: puesto que ha resucitado con Cristo, busque los bienes de arriba donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Tenemos que aprender a descubrir lo que nos va a permanecer para la vida eterna. No solamente lo que necesitamos para esta vida terrena. Tenemos que aprender a abrir los ojos a realidades interiores de cada ser humano. No solamente lo que veamos con las conductas, sino que vayamos al interior al corazón, por eso nos dice el apóstol: pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no los de la tierra. Los de la tierra los necesitamos de forma pasajera, transitoria, los usamos y los desechamos. Se convierten en basura, por solo sirve para esta vida terrena. Hay que preocuparnos por los bienes que van a permanecer. Esos bienes son los que se centrar en la fe. Cuando se manifieste Cristo, vida de ustedes, entonces también ustedes se manifestarán gloriosos juntamente con Él. Que así sea.

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