Decir sí, como Jesús

de Enrique Díaz Díaz
Obispo Coadjutor de San Cristóbal de las Casas

XXVI Domingo Ordinario
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Ezequiel 18, 25-28: “Cuando el pecador se arrepiente, salva su vida”, Salmo 24: “Descúbrenos, Señor, tus caminos”, Filipenses 2, 1-11: “Tengan los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús”, San Mateo 21, 28-32: “El segundo hijo se arrepintió y fue.- Los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el Reino de Dios”

Se presentan ante mí un grupo de personas de una comunidad sumamente preocupadas: “El presidente municipal de nuestra comunidad, cuando era candidato, nos prometió y firmó un documento donde se comprometía a respetar las diferencias de culto y de forma de expresarse con nuestras tradiciones y ritos, que nosotros hacemos sin alcohol ni borracheras. Y que a nadie se le exigiría aceptar cargos que no fueran de acuerdo a su pensamiento y a su conciencia. Pero ahora, presionado por algunos de la comunidad, ya metió a la cárcel a 26 señores porque no aceptan los cargos que les impone la comunidad y les hizo firmar, con amenazas, que cumplirían dichos cargos”. No pueden comprender que si él había firmado un documento y había hecho una promesa, ahora no la cumpliera. Pero alguien expresa en voz alta lo que hay en el corazón de todos: “La palabra y las promesas no valen, se pueden tirar a la basura”.

Es triste que a los mexicanos se nos caracterice y ridiculice por nuestras incongruencias entre lo que decimos y hacemos: “Mañana te pago”, “En un rato entrego tu trabajo”, “Prometo que voy a hacerlo” y un largo etcétera. Pero no es exclusivo de los mexicanos, es una lacra de nuestra humanidad que hace perder el valor a la palabra. Hay quien dice sí y hace el no; hay quien dice que no, pero después actúa positivamente. Evidentemente que Dios se complace más en aquellos que dicen sí y que lo hacen de verdad, sin embargo es muy claro que entre quien dice que sí, pero hace lo contrario y quien no acierta a encontrar las palabras de aceptación, pero presenta actos convincentes, sus preferencias serán por esta segunda categoría de personas. Esta desconcertante parábola que nos presenta el evangelio, encuentra su explicación en los motivos que tiene Cristo para decirla a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo que no cumplen con su relevante servicio. Pero al mismo tiempo presenta la inexorable condena de un cristianismo “declamatorio”, inflado de palabras, fórmulas, declaraciones solemnes, profesiones de fe, pero vacío de hechos convincentes. A las palabras deben seguir las acciones; a los principios, la conducta coherente; y a las enseñanzas, el ejemplo personal.

La parábola delinea perfectamente nuestro tibio cristianismo porque le decimos a Dios: “Ya voy, Señor”, pero dilatamos nuestras acciones hasta lo infinito. Los mexicanos nos caracterizamos por tener un facilísimo sí, que después no implica ningún compromiso. Gritamos y alabamos a la Virgen de Guadalupe, hacemos peregrinaciones y entonamos vivas a Cristo Rey, pero después pisoteamos los valores del Reino, nos mostramos intransigentes con el prójimo, rechazamos el perdón y no dudamos en herir, en humillar y en despreciar. Es cierto, estamos bautizados; pero, influenciados por innumerables propuestas de pensamiento y de costumbres, somos indiferentes a los valores del Evangelio e incluso nos vemos inducidos a comportamientos contrarios a la visión cristiana de la vida. Aun confesándonos católicos, vivimos de hecho alejados de la fe, abandonando las prácticas religiosas y perdiendo progresivamente la propia identidad de creyentes, con consecuencias morales y espirituales de diversa índole. Hay bastantes cristianos que terminan por instalarse cómodamente en una fe aparente, sin que su vida se vea afectada en lo más mínimo por su relación con Dios.

El Papa Francisco desnuda una vergonzosa realidad: decimos una cosa y hacemos otra. Y podemos comprobarlo fácilmente. Cuando contemplamos nuestro país asolado por la corrupción, por la mentira y la injusticia; cuando sufrimos y nos quejamos de los robos y las incongruencias; cuando contemplamos los abusos y las discriminaciones; cuando nos quejamos de las abismales diferencias entre los que viven en la miseria y los que nadan en la opulencia; no podemos ignorar que estamos hablando de un país que casi en su totalidad es cristiano, ya sean católicos o evangélicos, que hemos escuchado el evangelio, que somos bautizados pero que una cosa decimos creer y otra muy diferente se vive en el obrar de cada día. Quizás hoy lo más urgente será descubrir las contradicciones de nuestra vida y ponerlas delante de Dios, ponerlas sin miedo y sinceramente, para que Él nos cure y purifique, para que Él nos vaya acrisolando y nos haga libres. Dejar a un lado los miedos y las componendas y sentir cómo Dios nos renueva. Tenemos la necesidad urgente de revisar nuestras mentalidades, actitudes y conductas, y ampliar nuestros horizontes, comprometiéndonos a compartir y trabajar con entusiasmo para responder a los grandes interrogantes del hombre de hoy.

San Pablo invita a los Filipenses a tener los mismos sentimientos de Cristo: consecuente con su palabra y su misión. Aprendemos así que, además de las posturas opuestas de los dos hijos, hay una tercera que es la del verdadero cristiano: decir sí, con alegría y prontitud, y después cumplir con fidelidad la palabra empeñada. Decir sí como Jesús que, al venir al mundo, es la Palabra que se hace realidad y se entrega hasta las últimas consecuencias. Decir sí, “Fiat”, como María que pone toda su vida y su persona en las manos de Dios Padre. El Evangelio nos invita a correr el riesgo de poner toda nuestra vida y toda nuestra persona al servicio del Reino comprometidos por la Palabra que se hizo carne para salvarnos.

¿Cómo es nuestro sí y nuestro compromiso con Jesús? ¿Qué incongruencias encontramos en nuestra vida y en nuestra comunidad entre lo que decimos y lo que hacemos? ¿A qué nos compromete ahora la Palabra de Jesús?

Jesús, Palabra eterna del Padre, el Amén, el Sí sostenido, enséñanos a ser prontos y generosos en nuestra respuesta, y fieles y constantes en nuestras vidas. Amén.